Este pájaro no tiene alas puntiagudas, es más, no sabe lo que un par de ellas significa o cómo se siente volar; no tiene plumas, es más gris que blanco; es grande pero no canta. Es una ruidosa ave que anuncia poco con su triste vuelo. Esta melancólica gaviota lamenta ser carnívora, porque ya ni sabe cuántos ha devorado, cuántos se han perdido entre sus entrañas, y mucho menos, quiénes han sido los pocos que han salido.
Esta es una particular gaviota que de ave tiene poco, es una gaviota hecha de coloridas casas que algún día decidieron desplazar el verde de los árboles, la frescura de sus sombras, y el suave olor de sus frutos, por dos calles principales pavimentadas con más tierra que cemento, algunos perros sin hogar y tres escuelas, una de ellas, sin estudiantes.
Gaviota es un barrio que, en más de 250 casas, alberga alrededor de mil personas de todas las edades que, sin importar el día, despiertan con el cantar de de los gallos de la anónima gallera, el ruido que hace la única ruta de bus asignada para recorrer el lugar y los gritos de los vendedores ambulantes que ofrecen desde cauchos para la olla a presión, hasta muebles de mimbre y delatoras mojarras que con su olor, revelan el considerable lapso de tiempo que ha pasado después de haber sido pescadas.
Este es el único lugar de la ciudad en el que son capaces de confluir y convivir el arte, la diversión, el ocio, la soledad y la pobreza; los vicios, la desilusión, la explotación, el afán y la pasividad al caminar, al sobrevivir; los niños, los viejos, las madres, los pobres, los ricos y los infaltables gallos. Aquí y sólo aquí el centro se hace innecesario porque se vende y se compra de todo. Hay carnicerías, peluquerías, billares, tiendas, supermercados, mini plazas de mercado, droguerías, escuelas, discotecas, licoreras y otras tantas ‘droguerías’.
La gaviota ha sabido alimentarse de todos aquellos que optaron por vivir en ella y renunciar a lo poco que el resto de ciudad le puede ofrecer, que quisieron no salir nunca más porque no necesitaban más. Una convencida presa del gran animal afirma “…Aquí vivo bien, no me hace falta nada, de pronto algún peso para hacerle otro ‘pisito’ a la casa, de resto y como dijo el pibe, todo bien…” pero mientras tanto otra que se niega a ser devorada, sube al bus para dirigirse a un lujoso barrio de la ciudad que envidia profundamente y en el que siempre ha querido vivir.
Es un barrio lleno de contradicciones que no se escapa de los cánones de jerarquización social, de las imposiciones de la iglesia católica que con aportes de los pobres habitantes ha levantado un gran templo; y mucho menos de la inseguridad que caracteriza a la ciudad, inseguridad que se acrecienta a medida que se avanza en el trayecto hacia el barrio que logró una muy añorada independencia, que lleva el nombre de su mayor atractivo, “El Mirador”.
Después de las mañanas atestadas de vendedoras y agudas voces, de olor a cilantro y cebolla, a humo de carros y buses; a sol algunos días y otros a gotas de lluvia estrelladas con el polvo del suelo; llega la gastronómica tarde que ofrece a los habitantes del barrio los platos más esquistos de la comida popular.
Resuenan entonces oxidadas llantas de hornos móviles y asadores que poco a poco se van ubicando a lo largo de las calles principales al tiempo que se preparan para la jornada de más de 4 horas, en la que cobran protagonismo empanadas rellenas de salsas, al igual que arepas, fritangas, chorizos, pinchos y otras tantas frituras igualmente ‘saludables’ para el colon.
La ardua jornada ‘Gavioteña’ de mañanas de ventas, de carnicería, de niños en la escuela, de ancianos inmóviles en las puertas de sus casas, de dietéticas y polvorosas tardes y ruidos de trompetas, bocinas, gallos y camiones; no logra terminar en algo diferente a las calles y callejones llenos de basura que nadie se atreve a recoger, perros que cumplen a tiempo y sin reparo con su función excretora, y hambrientos y extasiados habitantes de las destapadas calles de la gaviota que buscan entre los desechos algo para dar fin a su absurdo y triste día.
Un lugar en el que mientras algunos ancianos que esperan en sus puertas la visita del hijo que les abandonó, otros se reúnen en el solicitado y pequeño salón comunal para su quincenal encuentro de la tercera edad; un centro de trabajo informal, de largas y mal pagas jornadas de trabajo; un grande y al mismo tiempo pequeño barrio en el que la máxima expectativa de los hombres es la espera al sábado en el que la gallera se viste de fiesta. Un lugar, en donde como cualquier otro rincón olvidado de la ciudad y el país entero, la comida es sinónimo de esfuerzo o suerte y la plata, de poder.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada